
Ante todo mucha calma, por Maria Fernández Vidal
Qué está pasando? Quizás deberíamos frenar todos un poco, ¿no? ¿Qué era aquella pancarta del martes en el Parque de los Príncipes con el carnicero enmascarado de La matanza de Texas y su motosierra salpicada de sangre?, “Masacre a la parisina”, ¿de verdad? ¿Qué tipo de tergiversación del concepto animación es este? El fútbol se ha instalado en unos marcos de normalización de la violencia que ponen los pelos de punta. Y hay escenarios que todavía lo magnifican más. Estamos a las puertas de un clásico rodeado de un aire irrespirable de crispación muchos días antes de jugarse. ¿Qué quiere decir que Chendo explique a Mbappé por qué se canta ‘Es polaco el que no bote’ y los dos se rían? ¿Hasta dónde llegará esta guerra de declaraciones, tuits y comunicados entre el Madrid y el presidente de la Liga, con Mourinho haciendo el número del ventrílocuo alimentando la teoría de la conspiración?

Una vez más, no habrá encuentro de presidentes entre Joan Laporta y Florentino Pérez. Eso que algunos consideran ahorrarse un teatro hipócrita, ya que las relaciones son pésimas entre los clubs, también puede ser entendido como una escenificación de cordialidad y respeto institucional. Nada más, sin amiguismos ni confidencias. Pero transmitiendo a las aficiones un mensaje que pone en valor que, a pesar de todo, prevalecen unos mínimos de educación. Nada. Lejos de eso, desde el Real Madrid se cierra la puerta a la cordialidad y se atiza el fuego de la polémica con el Barça como objetivo único. Y, no nos engañemos, si un clásico no tuviera un poco de pimienta no sería un clásico. Pero la situación se está yendo de las manos y está abonando el terreno para que se expandan todos aquellos personajes en torno al fútbol, con corbata y sin, con micrófono o en megáfono, que se sienten cómodos alimentando la sobreexcitación sin autocontrol.
Muchos días antes de jugarse, al clásico ya lo rodea un aire irrespirable de crispación
Convendría bajar el balón al suelo para levantar la cabeza y comprobar que el mundo sigue siendo aquel lugar más o menos amable donde un domingo por la noche puedes reunirte con los amigos o la familia para ver el Partido y, pase lo que pase, al día siguiente volverá a salir el sol. Ahora que en todas partes reina la crispación, que parece un concurso de quién grita más fuerte o quién la dice más gorda sin que se le caiga la cara de vergüenza, el fútbol es refugio, donde sus alegrías son intensas y no hay nada tan grave. Vivamos el clásico con las emociones a flor de piel, con la inquietud incierta de las horas previas, de la llegada de los equipos y la afición en el estadio, con la máxima tensión de los 90 minutos del partido, con explosiones de euforia y de rabia. Pero preservemos el fútbol en su esencia de rivalidad bien entendida, deportiva, porque es uno de los pocos reductos que nos quedan para blindar de los tufos irrespirables de crispación y violencia intelectual que lo inundan todo.
Fuente: La Vanguardia